Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

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Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.
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jueves, 5 de mayo de 2016

DISCURSO COMPLETO DEL PAPA FRANCISCO "PARA ENJUGAR LAS LÁGRIMAS"

[TEXTO COMPLETO]: Discurso del Papa Francisco en Vigilia “para enjugar las lágrimas”
VATICANO, 05 May. 16 - La Basílica del Vaticano albergó este 5 de mayo la Vigilia de Oración “para enjugar las lágrimas”, una de las celebraciones más importantes del Jubileo de la Misericordia que desde el pasado 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, se celebra en todo el mundo.
En la Vigilia, el Papa Francisco habló del sufrimiento del hombre, sus posibles causas, y recordó que “el Señor Jesús prometió a sus discípulos que nunca los dejaría solos”.
“Al lado de cada cruz siempre está la Madre de Jesús. Con su manto, ella enjuga nuestras lágrimas. Con su mano nos ayuda a levantarnos y nos acompaña en el camino de la esperanza”, dijo al concluir.
A continuación, el discurso completo del Santo Padre:
Hermanos y hermanas:
Después de los conmovedores testimonios que hemos oído, y a la luz de la Palabra del Señor que ilumina nuestra situación de sufrimiento, invocamos ante todo la presencia del Espíritu Santo para que venga sobre nosotros. Que él ilumine nuestras mentes, para que podamos encontrar palabras adecuadas que den consuelo; que él abra nuestros corazones para que podamos tener la certeza de que Dios está presente y no nos abandona en las pruebas. El Señor Jesús prometió a sus discípulos que nunca los dejaría solos: que estaría cerca de ellos en cualquier momento de la vida mediante el envío del Espíritu Paráclito (cf. Jn 14,26), el cual los habría ayudado, sostenido y consolado.
En los momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca y sienta compasión de nosotros. Experimentamos lo que significa estar desorientados, confundidos, golpeados en lo más íntimo, como nunca nos hubiéramos imaginado. Miramos a nuestro alrededor con ojos vacilantes, buscando encontrar a alguien que pueda realmente entender nuestro dolor. La mente se llena de preguntas, pero las respuestas no llegan. La razón por sí sola no es capaz de iluminar nuestro interior, de comprender el dolor que experimentamos y dar la respuesta que esperamos. En esos momentos es cuando más necesitamos las razones del corazón, las únicas que pueden ayudarnos a entender el misterio que envuelve nuestra soledad.
Vemos cuánta tristeza hay en muchos de los rostros que encontramos. Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños... Hay ojos que a menudo se quedan mirando fijos la puesta del sol y que apenas consiguen ver el alba de un nuevo día. Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos (cf. Is 25,8; Ap 7,17; 21,4).
En este sufrimiento nuestro no estamos solos. También Jesús sabe lo que significa llorar por la pérdida de un ser querido. Es una de las páginas más conmovedoras del Evangelio: cuando Jesús, viendo llorar a María por la muerte de su hermano Lázaro, ni siquiera él fue capaz de contener las lágrimas. Experimentó una profunda conmoción y rompió a llorar (cf. Jn 11,33-35). El evangelista Juan, con esta descripción, muestra cómo Jesús se une al dolor de sus amigos compartiendo su desconsuelo. Las lágrimas de Jesús han desconcertado a muchos teólogos a lo largo de los siglos, pero sobre todo han lavado a muchas almas, han aliviado muchas heridas. Jesús también experimentó en su persona el miedo al sufrimiento y a la muerte, la desilusión y el desconsuelo por la traición de Judas y Pedro, el dolor por la muerte de su amigo Lázaro. Jesús «no abandona a los que ama» (Agustín, In Joh 49,5). 
Si Dios ha llorado, también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de Jesús es el antídoto contra la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas. Me provoca para que sienta la tristeza y desesperación de aquellos a los que les han arrebatado incluso el cuerpo de sus seres queridos, y no tienen ya ni siquiera un lugar donde encontrar consuelo. El llanto de Jesús no puede quedar sin respuesta de parte del que cree en él. Como él consuela, también nosotros estamos llamados a consolar.
En el momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de Cristo la oración al Padre. La oración es la verdadera medicina para nuestro sufrimiento. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado. La ternura de su mirada nos consuela, la fuerza de su palabra nos sostiene, infundiendo esperanza. Jesús, junto a la tumba de Lázaro, oró: « Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42). Necesitamos esta certeza: el Padre nos escucha y viene en nuestra ayuda. 
El amor de Dios derramado en nuestros corazones nos permite afirmar que, cuando se ama, nada ni nadie nos apartará de las personas que hemos amado. Lo recuerda el apóstol Pablo con palabras de gran consuelo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35.37-39). El poder del amor transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de la nuestra con él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Santa Trinidad, fuente eterna de la vida y del amor.
Al lado de cada cruz siempre está la Madre de Jesús. Con su manto, ella enjuga nuestras lágrimas. Con su mano nos ayuda a levantarnos y nos acompaña en el camino de la esperanza.

miércoles, 21 de enero de 2015

LOS 6 MOMENTOS QUE MÁS IMPACTARON AL PAPA FRANCISCO EN FILIPINAS.

19 Ene. 15 - El viaje del Papa Francisco a Filipinas, un país duramente probado por el tifón más mortífero de la historia, ha tocado el corazón de todo el mundo, en especial, el del Pontífice argentino.
En una entrevista con los periodistas desde el vuelo papal de regreso a Roma, el Papa Francisco abrió su corazón y resaltó los momentos que más le impactaron de su viaje a Filipinas, del 15 al 19 de enero.
1. Presidir la Misa más multitudinaria de la historia
Para el Papa Francisco presidir la Misa más multitudinaria de la historia será una experiencia que jamás olvidará. Dijo que celebrar la Eucaristía ante seis millones de personas le hizo sentir pequeño, así como recordar cuál es su misión como cabeza de la Iglesia.
“Lo de la gran presencia en la Misa, me hizo sentir aniquilado. Ese era el pueblo de Dios, el Señor estaba allí. Era la gloria y la presencia de Dios que nos dice: Miren bien, que ustedes son los servidores de Dios, estos son los protagonistas”, señaló.

2. La conmovedora Misa junto a los sobrevivientes del tifón en Tacloban
El Papa Francisco recordó la Misa celebrada en Tacloban, la zona de Filipinas más devastadas por el tifón Yolanda, donde el agua llegó a cubrir los seis metros de altura, destruyendo familias y arrasando con todo.
“¿El momento más fuerte? La Misa en Tacloban, el ver a todo el pueblo de Dios allí, orando, después de esta catástrofe, pensar en mis pecados y en esa gente, fue muy fuerte, un momento realmente fuerte. Durante la Misa me sentí aniquilado, casi no me salía la voz, no se que me ocurrió, quizá la emoción”, dijo el Papa Francisco.
3. El cariño desbordante de los fieles filipinos
El Santo Padre expresó que, una de las cosas que más le enternecieron, el cariño de los fieles filipinos a su paso por las calles de Manila. “Cada gesto cuando yo pasaba, un papá me pedía la bendición para su hijo, lo bendecía, y él me hacía… ¡gracias! A ellos les bastaba con una bendición, y yo pensaba… yo que tengo tantas peticiones, que quiero esto, y quiero lo otro… me ha hecho bien ¿no? Momentos fuertes”, explicó.
4. El llanto de Glyzelle Palomar, una niña sin hogar
El Papa recordó uno de los momentos más emotivos de su viaje, en la Universidad Santo Tomás de Manila, donde Glyzelle Palomar, una niña de 12 años que vivió en las calles de Manila, alimentándose de restos de comida, le preguntó “¿Por qué sufren los niños?”. El llanto, es la única respuesta posible, respondió el Papa.
Recordando a Glyzelle, el Papa dijo que “Dostoievski también se hacía la misma pregunta y no consiguió encontrar una respuesta”.
“Ella, con su llanto, mujer que llora. Cuando yo digo que es importante que las mujeres sean más tomadas en cuenta dentro de la Iglesia, no es solo para darles una función, secretaria de un dicasterio -aunque esto puede ser-, sino para que nos digan cómo sienten y ven la realidad, porque los mujeres ven desde una riqueza diferente, más grande ¿no?”, añadió.
5. Los filipinos le enseñaron a llorar de nuevo por las injusticias
El Pontífice argentino asegura que otras de las cosas que más le impresionaron del pueblo filipino fue su capacidad de llorar por las injusticias y los pecados.
“El llanto, una de las cosas que se pierden cuando hay demasiado bien estar, o los valores no se entienden bien, o estamos habituados a la injusticia, a esta cultura del descarte… La capacidad de llorar es una gracia que debemos pedir. Hay una oración muy hermosa en el misal antiguo para llorar. Decía esto más o menos: “Oh Señor, tú que has hecho que Moisés con su bastón hiciera salir agua de la roca, haz que de la roca de mi corazón salga el agua del llanto”. ¡Qué bonita oración!”, exclamó.
“Cristianos, debemos pedir la gracia de llorar, sobre todo los del bienestar, y llorar sobre las injusticias y los pecados, porque el llanto te abre a entender nuevas dimensiones de la realidad”, animó.
6. Ser mendigo de los pobres
Durante este último viaje, el Pontífice argentino tuvo ocasión de visitar un centro de acogida para niños sin hogar, la casa de un pescador pobre, así como 30 familias destruidas por el tifón. Después de esta experiencia, el Pontífice asegura que, a pesar de ser el Papa, los pobres le evangelizaron.
“Otra cosa que quiero subrayar es lo que le dije al último niño, que trabaja de verdad, que ayuda a los pobres… no olviden que también nosotros debemos ser mendicantes de los pobres, porque los pobres nos evangelizan. Si nosotros quitamos a los pobres del Evangelio, no podremos entender el mensaje de Jesús. Los pobres nos evangelizan”.
“‘Yo voy a evangelizar a los pobres’. ‘Muy bien, pero déjate evangelizar por ellos’. Porque tienen valores que tú no tienes”, concluyó el Papa.

jueves, 19 de diciembre de 2013

¡DEN DE COMER A LOS QUE TIENEN HAMBRE! CLAMA EL PAPA FRANCISCO

ROMA, 16 Dic. El Papa Francisco reiteró su clamor para acabar con el "escándalo" de la falta de alimentos para muchísimas personas en el mundo y exclamó en un mensaje dirigido a la humanidad: "¡Den de comer a los que tienen hambre!"
El Santo Padre hizo esta enérgica exhortación en una reciente entrevista hecha por el periodista italiano Andrea Tornielli del diario La Stampa, reflexionado sobre el hambre en el mundo: "con la comida que dejamos y tiramos podríamos dar de comer a muchísima gente. Si lográramos no desperdiciar, reciclar la comida, el hambre en el mundo disminuiría mucho"."Me impresionó leer una estadística que habla de 10 mil niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Hay muchos niños que lloran porque tienen hambre. El otro día, en la audiencia del miércoles, atrás de una valla había una joven mamá con su niño de pocos meses. Cuando pasé, el niño lloraba mucho. La mamá lo acariciaba. Le dije: ‘Señora, creo que el pequeño tiene hambre’. Ella respondió: ‘Sí, ya es hora…’. Y le dije: "¡Pero dele de comer, por favor!’"."Ella tenía pudor, no quería amamantarlo en público, mientras pasaba el Papa. Entonces quisiera decir lo mismo a la humanidad: ¡den de comer! Esa mujer tenía la leche para su niño, en el mundo tenemos suficiente comida para que coman todos. Si trabajáramos con las organizaciones humanitarias y lográramos ponernos todos de acuerdo para no desperdiciar comida, mandándola a los que la necesitan, contribuiríamos mucho para resolver la tragedia del hambre en el mundo"."Quisiera repetir a la humanidad lo que dije a aquella mamá: ¡den de comer a los que tienen hambre! Que la esperanza y la ternura de la Navidad del Señor nos sacudan de la indiferencia".
Sufrimiento inocente
El Papa luego se refiere al sufrimiento inocente y comenta que "para mí, Dostoyevski ha sido un maestro de vida, y su pregunta, explícita e implícita, siempre ha rondado mi corazón: ¿por qué sufren los niños? No hay explicación"."Me viene esta imagen: en cierto momento de su vida, el niño se "despierta"; no entiende muchas cosas, se siente amenazado, empieza a hacer preguntas a su papá o a su mamá. Es la edad del "por qué". "Pero cuando el hijo pregunta, luego no escucha todo lo que le tienes que decir y te acorrala con nuevos ‘por qué’. Lo que busca, más que una explicación, es la mirada del papá que le da seguridad. Frente a un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del ‘por qué’. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada, pero siento que está viéndome. Entonces puedo decir: ‘Tú sabes por qué, yo no lo sé y Tú no me lo dices, pero me ves y yo confío en Ti, Señor, confío en tu mirada’"

martes, 9 de julio de 2013

EL PAPA FRANCISCO PIDE PERDÓN A DIOS POR LA "GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA"

«Sentí que tenía que venir hoy aquí a rezar, a realizar un gesto de cercanía, pero también a despertar nuestras conciencias».

Acostumbrarse al sufrimiento del otro es lo que alimenta la globalización de la indiferencia y multiplica la multitud de los «responsables anónimos y sin rostro». Fue muy dura la condena del Papa Francisco. Hablaba desde Lampedusa, en el extremo sur de Europa, pero se dirigía al mundo, fijándolo en su propia responsabilidad ante el drama de cuantos están obligados a huir de su propia tierra en busca de un lugar donde vivir en paz y dignamente. El Santo Padre poco antes había escuchado la petición de ayuda por parte de un grupo de estos hermanos desembarcados en Lampedusa. Inmediatamente desde el altar de la misa relanzó sus gritos: «han pasado por las manos de los traficantes... ¡Cuánto han sufrido! Y algunos no han conseguido llegar».
El Papa explicó que el primer viaje de su pontificado es precisamente por ellos, por estas víctimas de una violencia inaudita. Cuando hace algunas semanas recibió la noticia del enésimo estrago en el mar, recordó, «sentí que tenía que venir hoy aquí a rezar, a realizar un gesto de cercanía, pero también a despertar nuestras conciencias para que lo que ha sucedido no se repita».
Especial gratitud manifestó el Papa Francisco a los habitantes de Lampedusa y Linosa, a las asociaciones, los voluntarios y las fuerzas de seguridad: «¡Ustedes son una pequeña realidad, pero dan un ejemplo de solidaridad!». Lamentablemente, agregó, «La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros». Por ello invocó al Señor pidiendo «perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado y se ha cerrado en su propio bienestar que anestesia el corazón, te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a estos dramas».