Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

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Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.

martes, 29 de abril de 2014

SANTOS

Nunca en la historia de la Iglesia de Roma uno de sus obispos ha proclamado santos a dos predecesores tan cercanos en el tiempo como sucede ahora con la canonización de Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Wojtyła. Sin ninguna duda Juan XXIII y Juan Pablo II fueron protagonistas, en la segunda mitad del siglo XX, de dos pontificados —el primero breve, el segundo larguísimo, hasta el inicio del nuevo siglo— de los cuales se percibe la importancia ya ahora, incluso antes de que se admita una fundada valoración en perspectiva histórica de este tiempo.
Y, con todo, el sentimiento de los fieles —pero también la percepción desde fuera, en mundos incluso lejanos— precedió el reconocimiento de la Iglesia, al advertir inmediatamente el carácter extraordinario de estas dos figuras de cristianos, muy distintos entre sí. Uno, radicado en el catolicismo campesino lombardo de finales del siglo XIX, proyectado por la formación romana a tierras de frontera, un Papa tradicional y revolucionario; el otro, fruto maduro y nuevo de una fe antigua y templada por los totalitarismos del siglo XX, primer obispo de Roma no italiano después de casi medio milenio.
La santidad personal de Roncalli y de Wojtyła —ratificada por procedimientos canónicos iniciados por Pablo VI y Benedicto XVI, pero completados por la decisión de su sucesor Francisco— tiene incluso un significado especial. Es, en efecto, la luz del Vaticano II, medio siglo después de su conclusión, lo que ilumina y une a las dos canonizaciones. Y emblemáticamente las únicas imágenes fotográficas que presentan juntos al Papa Juan XXIII y al joven auxiliar de Cracovia son las de una audiencia al episcopado polaco precisamente en vísperas del Concilio.
Su santidad se inscribe, por lo tanto, en el contexto del Vaticano II: Roncalli lo intuyó y con sereno valor lo abrió, Wojtyła lo vivió apasionadamente como obispo. El gesto de su sucesor Francisco —primer obispo de Roma que con convicción lo acogió sin haber participado en él— indica entonces no sólo la ejemplaridad de dos cristianos que llegaron a ser Papas, sino también el camino común, por ellos marcado, de la renovación y de la simpatía por las mujeres y los hombres de nuestro tiempo.

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