Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

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Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.
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viernes, 1 de enero de 2016

LECTURAS DEL II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (24,1-2.8-12):

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 147,12-13.14-15.19-20

R/. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.15-18):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Palabra de Dios

Evangelio del domingo

Evangelio según san Juan (1,1-18), del domingo, 3 de enero de 2016
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. 
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» 
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer. 

Palabra del Señor

martes, 29 de abril de 2014

SANTOS

Nunca en la historia de la Iglesia de Roma uno de sus obispos ha proclamado santos a dos predecesores tan cercanos en el tiempo como sucede ahora con la canonización de Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Wojtyła. Sin ninguna duda Juan XXIII y Juan Pablo II fueron protagonistas, en la segunda mitad del siglo XX, de dos pontificados —el primero breve, el segundo larguísimo, hasta el inicio del nuevo siglo— de los cuales se percibe la importancia ya ahora, incluso antes de que se admita una fundada valoración en perspectiva histórica de este tiempo.
Y, con todo, el sentimiento de los fieles —pero también la percepción desde fuera, en mundos incluso lejanos— precedió el reconocimiento de la Iglesia, al advertir inmediatamente el carácter extraordinario de estas dos figuras de cristianos, muy distintos entre sí. Uno, radicado en el catolicismo campesino lombardo de finales del siglo XIX, proyectado por la formación romana a tierras de frontera, un Papa tradicional y revolucionario; el otro, fruto maduro y nuevo de una fe antigua y templada por los totalitarismos del siglo XX, primer obispo de Roma no italiano después de casi medio milenio.
La santidad personal de Roncalli y de Wojtyła —ratificada por procedimientos canónicos iniciados por Pablo VI y Benedicto XVI, pero completados por la decisión de su sucesor Francisco— tiene incluso un significado especial. Es, en efecto, la luz del Vaticano II, medio siglo después de su conclusión, lo que ilumina y une a las dos canonizaciones. Y emblemáticamente las únicas imágenes fotográficas que presentan juntos al Papa Juan XXIII y al joven auxiliar de Cracovia son las de una audiencia al episcopado polaco precisamente en vísperas del Concilio.
Su santidad se inscribe, por lo tanto, en el contexto del Vaticano II: Roncalli lo intuyó y con sereno valor lo abrió, Wojtyła lo vivió apasionadamente como obispo. El gesto de su sucesor Francisco —primer obispo de Roma que con convicción lo acogió sin haber participado en él— indica entonces no sólo la ejemplaridad de dos cristianos que llegaron a ser Papas, sino también el camino común, por ellos marcado, de la renovación y de la simpatía por las mujeres y los hombres de nuestro tiempo.

jueves, 31 de octubre de 2013

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA

foto ACI Prensa
VATICANO, 30 Oct. 13 / 04:34 pm.- VATICANO.- El Papa Francisco dedicó la audiencia general de hoy a explicar la afirmación del Credo "Creo en la Comunión de los Santos" y explicó que la experiencia de la comunión fraterna nos lleva a la comunión con Dios. A continuación el texto completo de su catequesis:
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Hoy, me gustaría hablar de una realidad muy bonita de nuestra fe, es decir, la "comunión de los santos". El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que este término hace referencia a dos realidades: la comunión en las cosas santas, y la comunión entre las personas santas (núm. 948).
Me centro en el segundo significado: se trata de una verdad de las más consoladoras de nuestra fe, porque nos recuerda que no estamos solos, sino que existe una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe; de hecho, el término "santos" se refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús, y son incorporados a Él en la Iglesia a través del Bautismo. Por eso los primeros cristianos también fueron llamados "santos" (cf. Hch 9,13.32.41, Romanos 8:27, 1 Corintios 6:01).
1.- El Evangelio de Juan dice que, antes de su Pasión, Jesús rezó al Padre por la comunión entre los discípulos, con estas palabras: "Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste".(17:21).
La Iglesia, en su verdad más profunda, es comunión con Dios, familiaridad con Dios, comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna. Esta relación entre Jesús y el Padre es la "matriz" de la unión entre nosotros cristianos: si estamos íntimamente incluidos en esta "matriz", en este horno ardiente de amor que es la Trinidad, entonces podemos verdaderamente convertirnos en un único corazón y en una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios quema nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas. El amor de Dios quema también nuestros pecados.
2.- Si existe este enraizamiento en la fuente del Amor, que es Dios, entonces también existe el movimiento recíproco: de los hermanos a Dios; la experiencia de la comunión fraterna que me lleva a la comunión con Dios. Estar unidos entre nosotros nos lleva a estar unidos con Dios, a esta unión con Dios que es nuestro Padre. Nuestra fe necesita el apoyo de los demás, ¡especialmente en los momentos difíciles! Y si estamos unidos, la fe se hace fuerte.
¡Qué hermoso es apoyarse mutuamente en la aventura maravillosa de la fe! Digo esto porque la tendencia a cerrarse en lo privado también ha influido en la esfera religiosa, tanto es así que muchas veces es difícil buscar ayuda espiritual en aquellos que comparten nuestra experiencia cristiana.
¿Quién de nosotros -¡todos, todos!- quién de nosotros no ha experimentado inseguridades, desorientaciones e incluso dudas en el camino de la fe? Todos, todos hemos experimentado esto: yo también. Todos. Es parte del camino de la fe, es parte de nuestra vida. Todo esto no debe sorprendernos, porque somos seres humanos, marcados por la fragilidad y las limitaciones.
Todos somos frágiles, todos tenemos limitaciones: no se asusten. ¡Todos las tenemos! Sin embargo, en estos momentos difíciles hay que confiar en la ayuda de Dios, a través de la oración filial, y al mismo tiempo, es importante encontrar el coraje y la humildad para estar abiertos a los demás, para pedir ayuda, para que nos den una mano: "dame una mano, tengo este problema". ¡Cuántas veces lo hemos hecho! Y luego, hemos conseguido superar el problema y encontrar a Dios, otra vez. En esta comunión -comunión quiere decir ‘común unión’, todos unidos, unión común- en esta comunión somos una gran familia, todos nosotros, donde todos los miembros se ayudan y se apoyan mutuamente.
3.- Y ahora vengamos a otro aspecto: la comunión de los santos va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. Esta unión entre nosotros va más allá y continúa en la otra vida. Es una unión espiritual que nace del Bautismo, no se trunca con la muerte, sino que, gracias a que Cristo ha resucitado, está destinada a encontrar su plenitud en la vida eterna.
Hay un vínculo profundo e indisoluble entre los que todavía son peregrinos en este mundo, entre nosotros, y los que han cruzado el umbral de la muerte a la eternidad. Todos los bautizados en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los beatos que están ya en el Paraíso forman una única gran Familia. Esta comunión entre tierra y cielo se realiza sobre todo en la oración de intercesión.
Queridos amigos, tenemos esta belleza, la memoria de la fe: es una realidad nuestra, de todos, que nos hace hermanos, que nos acompañamos en el camino de la vida, y nos vamos a encontrar de nuevo, allí arriba, en el Cielo. Vayamos por este camino con confianza, con alegría.
Un cristiano debe ser alegre, con la alegría de tener a tantos hermanos bautizados que caminan con nosotros, y también con la ayuda de nuestros hermanos y hermanas que hacen este viaje para ir al Cielo, y también con la ayuda de nuestros hermanos y hermanas que están en el Cielo y rezan a Jesús por nosotros. ¡Adelante por este camino, y con alegría!

martes, 29 de octubre de 2013

ACCIÓN DE GRACIAS A LAS LECTURAS DEL DÍA DE TODOS LOS SANTOS


En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
bendecirte, Dios santo, uno y trino, con todos tus santos,
porque nos concedes celebrar hoy la gloria de la asamblea festiva
de todos los bienaventurados en la patria definitiva del cielo.

Hacia ella, aunque peregrinos y forastero en país extraño,
nos encaminamos alegres, guiados por la fe y por la esperanza,
y gozosos por la gloria de los mejores hijos de tu Iglesia,
los santos, nuestros hermanos, en quienes encontramos ejemplo
de vida cristiana que imitar y ayuda para nuestra debilidad.

Por eso, unidos a todos los santos y al coro de los ángeles,
te glorificamos repitiendo sin cesar: santo, santo, santo.

Amén.