La Palabra encarnada,
Jesucristo, es un don del Padre. En esta frase intento
resumir el sentido de la liturgia de este segundo domingo
después de Navidad. El Padre nos ha bendecido con toda
clase de bienes espirituales, entre los que sobresale el don
mesiánico, por medio de Cristo (segunda lectura). En la historia
de las bendiciones divinas, que corresponde con la historia del
hombre, Dios se ha dado como don de Sabiduría, primeramente
al pueblo de Israel (primera lectura) y luego al pueblo
cristiano, ya que Jesucristo es Sabiduría de Dios, el único
que ha visto a Dios y que nos lo puede
revelar (Evangelio). En esa misma larga historia, Dios se nos
ha dado como Palabra eterna, que ha tomado carne mortal
en Jesús de Nazaret (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1. Don para Israel,
don para el mundo. Nada hay más extraordinario que el
hecho de que Dios haya querido ser don para el
hombre. No se trata de darle cosas, objetos materiales. Eso
ya sería grande, pero se queda chico ante la maravilla
de un Dios, don de Sí mismo. En la historia
de las relaciones de Dios con el hombre, primeramente es
un don que se encarna bajo la forma de sabiduría.
Es una sabiduría divina, la que hallamos en la primera
lectura. Preexistía cerca de Dios y ha salido de su
boca, y a la vez ha puesto su tienda en
Jerusalén y tiene su lugar de reposo en Israel. Es
decir, en medio de la sabiduría humana, tan extraordinaria, de
los pueblos circunvecinos, como Mesopotamia y Egipto, Israel goza de
una sabiduría superior, por la que Dios le revela sus
designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las
cosas y de la historia. Con el paso de los
siglos, al llegar el momento culminante de toda la historia,
se verifica un cambio singular: Dios no se da sólo
como don espiritual (sabiduría), sino personal (encarnación del Verbo, de
la Palabra de Dios). Ningún signo de admiración es capaz
de expresar este don excepcional. Que Dios rasgue el misterio
de su trascendencia, entre en la historia y se nos
dé en una creatura humana recién nacida, ¿quién lo podrá
comprender? (Evangelio). No bastará la eternidad para sorprendernos ante este
gran misterio. No es una "necesidad" de Dios; no se
siente obligado por nadie; no le perfecciona en su divinidad.
Sólo el amor lo explica, el amor que es difusivo
y generoso. Además no sólo es un don personal, es
también un don universal, mundial. "Luz para todas las naciones".
Mientras exista la historia, Dios será un don para todos,
sin distinción alguna. Los hombres podrán decir: "No lo quiero",
"No lo necesito", pero jamás podrán pronunciar con sus labios:
"Estoy excluido", "No es para mí". Jesucristo es el don
del Padre para toda la humanidad.
2. Un don en
plenitud. Son hermosas las imágenes que utiliza el Sirácida
para comunicarnos esa plenitud: la sabiduría, recurriendo a imágenes vegetales,
dice de sí misma que es como un cedro del
Líbano, como palmera de Engadí, como un rosal de Jericó
o un frondoso terebinto. También echa mano de imágenes aromáticas
para describir, con distintos lenguajes, la misma plenitud: el aroma
del laurel indiano (cinamomo), el perfume del bálsamo o de
la mirra, el olor penetrante del gálbano, ónice y el
estacte; sobre todo, el incienso que humea en el templo,
y en cuya composición entran todos los aromas aquí mencionados.
La belleza y elegancia de los árboles, la frescura y
colorido del rosal, la intensidad de los perfumes se aúnan
para subrayar la plenitud del don divino de la sabiduría.
El Evangelio es más sobrio en imágenes, pero más rico
en significado. Habla de la "gloria del Hijo único del
Padre, LLENO de gracia y de verdad" y, poco después,
"de su PLENITUD todos hemos recibido gracia sobre gracia". Y
el himno de la carta a los efesios, ¿no se
refiere a la plenitud del hombre cuando dice que "Dios
nos ha destinado a ser adoptados como hijos suyos por
medio de Jesucristo? La grandeza y plenitud del don nos
remiten a la grandeza y plenitud del Donante. ¡Nobleza obliga
a agradecer!
Sugerencias pastorales
1. Un don venido de lejos. No
son los astros distantes los que, después de muchos años
o siglos, nos regalan sus rayos de luz; no es
la tierra la que, en rincones tan diversos y lejanos,
ofrece al hombre la prodigalidad de sus minerales o de
sus frutos vegetales; no es el hombre quien nos dona
su creatividad, su trabajo, su genio. Todas estas realidades pertenecen
al mundo creado. El Don nos viene del mundo y
de la distancia increados, del más allá de toda creatura,
del Dios trascendente. Jesucristo, el Don de Dios, viene de
lejos, pero se introduce en el corazón de los acontecimientos
y del ser humano hasta el punto de ser uno
más entre los hombres. Aquí radica nuestra perplejidad. Lo vemos
tan igual a nosotros, que se nos puede ocurrir pensar
que no viene desde el mundo de Dios. En brazos
de su Madre nada hay que lo muestre divino. Y
desgraciadamente en no pocas ocasiones los hombres, del hecho de
no aparecer como Dios, concluimos que ni puede serlo ni
lo es. Diremos que es un gran personaje de la
historia, que su personalidad es enormemente seductora, que su moral
es de una altura y nobleza grandiosas, que su capacidad
de arrastre es imponente, que es una paradoja viviente al
ser el más amado y el más odiado de los
nacidos de mujer... Pero en nuestro razonamiento no podemos llegar
a la afirmación fundamental: "Es un Don de Dios, venido
del mismo mundo de Dios". Al venir al mundo y
hacerse hombre, ha venido a quedarse con nosotros; a la
vez, estando con nosotros, pero proviniendo del mundo de Dios,
ha venido a llevarnos con Él al mundo lejano del
cual ha salido, el mundo desconocido, pero que es nuestra
patria verdadera y definitiva. ¿Aceptamos con fe y con amor
este Don cercano, como lo es un niño, pero trascendente,
como el mismo Dios?
2. Testigos del don divino. Juan,
el Bautista, es llamado en el Evangelio "testigo de la
luz, a fin de que todos crean por Él". Testigo
Juan, de esa luz, de esa sabiduría divina que es
Jesucristo. Siguiendo al Bautista, todos en cierta manera estamos llamados
a ser testigos del don divino, Jesucristo. El mundo creerá
si aumentan los testigos de Cristo. Y si la fe
disminuye en nuestro país, ¿no será porque han disminuido los
testigos? Los maestros pueden aclarar la verdad del Don divino,
mas los testigos hacen la verdad, y haciéndola la acreditan
y garantizan. Cristo, Don de Dios para el hombre, necesita
de testigos. Niños, testigos de Cristo para los niños y
para los mayores; jóvenes, testigos de Cristo para los jóvenes
y los no tan jóvenes; adultos, testigos de Cristo para
los adultos, y para los niños y jóvenes. Testigos convencidos
y audaces, al estilo del Papa Juan Pablo II. Cristo
necesita padres de familia que no tengan miedo de entregar
la antorcha de su testimonio cristiano a sus hijos; educadores
que sean testigos de Cristo para sus alumnos; párrocos que
testimonien con su vida santa el Don de Cristo a
todos sus feligreses. ¿Soy un auténtico testigo de Jesucristo? ¿Qué
hago ya y qué más puedo hacer para que mi
testimonio sea creíble y Dios lo haga eficaz?