Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes
Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.
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jueves, 15 de octubre de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE "LAS PROMESAS DE AMOR" A LOS NIÑOS.

VATICANO, 14 Oct. 15 - El Papa Francisco volvió a celebrar la Audiencia General en la Plaza de San Pedro y a dedicar su catequesis a la familia, en concreto sobre “las promesas que hacemos a los niños”. Se trata de una “promesa de amor” que ellos esperan sea cumplida desde el inicio de su vida y es protegida por Dios. Pero advirtió de que puede ser destruida si “los niños son heridos por un ‘escándalo’ insoportable”.
A continuación el texto completo de la catequesis gracias a Radio Vaticano:
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Hoy como las previsiones del tiempo eran un poco inseguras, se esperaba la lluvia, esta audiencia se realiza contemporáneamente en dos lugares, nosotros en la plaza y 700 enfermos en el aula Pablo VI que siguen la audiencia en las pantallas, todos estamos unidos, saludamos a ellos con un aplauso.
La palabra de Jesús es fuerte hoy ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Jesús es realista y dice que es inevitable que vengan los escándalos pero ¡ay del hombre que causa el escándalo!
Yo quisiera antes de iniciar la catequesis, a nombre de la Iglesia, pedirles perdón por los escándalos que en estos últimos tiempos han ocurrido sea en Roma que en el Vaticano ¡les pido perdón!    
Hoy reflexionaremos sobre un argumento muy importante: las promesas, las promesas que hacemos a los niños. No hablo de las promesas que hacemos aquí o allá, durante el día, para ponerlos contentos o para hacer que se porten bien (quizá con algún truco inocente, te doy un caramelo, esas promesas…), para intentar a que se comprometan en la escuela o para disuadirlos de algún capricho. Hablo de otras promesas, de las promesas más importantes, decisivas para lo que esperan de la vida, para su confianza en los seres humanos, para su capacidad de concebir el nombre de Dios como una bendición. Son promesas que nosotros les hacemos a ellos.
Nosotros adultos estamos listos para hablar de los niños como una promesa de la vida. Todos decimos los niños son una promesa de la vida. Y también fácilmente nos conmovemos diciendo que los jóvenes son nuestro futuro. Es verdad. Pero me pregunto, a veces ¡si somos también serios con su futuro! Con el futuro de los niños, con el futuro de los jóvenes. Una pregunta que debemos hacernos más a menudo es esta: ¿Qué tan leales somos con las promesas que hacemos a los niños, trayéndolos a nuestro mundo? Nosotros los hacemos venir al mundo y esta es una promesa. ¿Qué le prometemos a ellos?
Acogida y cuidado, cercanía y atención, confianza y esperanza, son también promesas de base, que se pueden resumir en una sola: amor. Nosotros prometemos amor, es decir, el amor que se expresa en la acogida, el cuidado, en la cercanía, en la atención, en la confianza, en la esperanza. Pero la gran promesa es el amor. Este es el modo más adecuado para acoger a un ser humano que viene al mundo, y todos nosotros lo aprendemos, incluso antes de ser conscientes. A mí me gusta mucho cuando veo a los papás y mamás, cuando paso entre ustedes, trayéndome a un niño, una niña pequeños, pero ¿cuánto tiene? tres semanas, cuatro semanas, pero busco que el Señor lo bendiga, esto se llama amor también.  
La promesa, el amor es la promesa que el hombre y la mujer hacen a cada hijo: desde que es concebido en el pensamiento. Los niños vienen al mundo y esperan tener confirmación de esta promesa: lo esperan en modo total, confiado, indefenso. Basta mirarlos: en todas las etnias, en todas las culturas, ¡en todas las condiciones de vida! Cuando sucede lo contrario, los niños son heridos por un “escándalo”, por un escándalo insoportable, más grave, en cuanto no tienen los medios para descifrarlo. No pueden entender qué cosa sucede.
Dios vigila sobre esta promesa, desde el primer instante. ¿Recuerdan qué dice Jesús? Los ángeles de los niños reflejan la mirada de Dios, y Dios no pierde nunca de vista a los niños (cfr Mt 18,10). ¡Ay de aquellos que traicionan la confianza, ay! Su confiado abandono a nuestra promesa, que nos compromete desde el primer instante, nos juzga.
Y quisiera agregar otra cosa, con mucho respeto por todos, pero también con mucha franqueza. Su espontánea confianza en Dios no debería de ser nunca herida, sobre todo cuando eso ocurre con motivo de una cierta presunción (más o menos inconsciente) de ocupar el lugar de Dios. La tierna y misteriosa relación de Dios con el alma de los niños no debería ser nunca violada. Es una relación real que Dios la quiere y Dios la cuida. El niño está listo desde el nacimiento para sentirse amado por Dios, está listo para esto. Apenas está en grado de sentirse que es amado por sí mismo, un hijo siente también que hay un Dios que ama los niños.
Los niños, apenas nacidos, comienzan a recibir como don, junto a la comida y los cuidados, la confirmación de la cualidad espiritual del amor. Los actos de amor pasan a través del don del nombre personal, el lenguaje compartido, las intenciones de las miradas, las iluminaciones de las sonrisas. Aprenden así que la belleza del vínculo entre los seres humanos apunta a nuestra alma, busca nuestra libertad, acepta la diversidad del otro, lo reconoce y lo respeta como interlocutor.
Un segundo milagro, una segunda promesa: nosotros - papá y mamá – ¡nos donamos a ti, para donarte a ti mismo! Y esto es amor, ¡que trae una chispa de aquello de Dios! Pero ustedes papás y mamás tienen esta chispa de Dios que dan a los niños, ustedes son instrumento del amor de Dios y esto es bello, bello, bello.
Sólo si miramos los niños con los ojos de Jesús, podemos verdaderamente entender en qué sentido, defendiendo a la familia, protegemos a la humanidad! El punto de vista de los niños y el punto de vista del Hijo de Dios. La Iglesia misma, en el Bautismo, a los niños les hace grandes promesas, con las que compromete a los padres y a la comunidad cristiana. La santa Madre de Jesús -por medio de la cual el Hijo de Dios ha llegado a nosotros, amado y generado como un niño- haga a la Iglesia capaz de seguir el camino de su maternidad y de su fe. Y san José -hombre justo, que ha recibido y protegido, honrado valientemente la bendición y la promesa de Dios- nos haga a todos dignos de hospedar a Jesús en cada niño que Dios manda a la tierra. Gracias.

jueves, 13 de agosto de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LA FIESTA EN LA FAMILIA. TEXTO COMPLETO.

VATICANO, 12 Ago. 15 - El Papa Francisco dedicó la catequesis de este miércoles a reflexionar sobre la importancia de la fiesta en la familia, precisó que es un tiempo “sagrado” en el que Dios también habita, de manera especial en la Eucaristía.
A continuación y gracias a Radio Vaticano, el texto completo de la catequesis:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy abrimos un pequeño camino de reflexión sobre tres dimensiones que marcan, por así decir, el ritmo de la vida familiar: la fiesta, el trabajo y la oración.
Comenzamos por la fiesta. Hoy hablaremos de la fiesta. Y decimos inmediatamente que la fiesta es un invento de Dios. Recordamos la conclusión de la narración de la creación, en el Libro del Génesis que hemos escuchado: «El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la obra que había creado» (2,2-3). Dios mismo nos enseña la importancia de dedicar un tiempo a contemplar y a gozar de lo que en el trabajo ha sido bien hecho. Hablo de trabajo, naturalmente, no sólo en el sentido del arte manual y de la profesión, sino en el sentido más amplio: cada acción con la cual nosotros los hombres y mujeres podemos colaborar a la obra creadora de Dios.
Por lo tanto, la fiesta no es la pereza de quedarse en el sofá o la emoción de una tonta evasión… No, la fiesta es en primer lugar una mirada amorosa y grata sobre el trabajo bien hecho; festejamos un trabajo. También ustedes, recién casados, están festejando el trabajo de un lindo tiempo de noviazgo: ¡y esto es bello! Es el tiempo para ver a los hijos, o los nietos, que están creciendo, y pensar: ¡qué bello! Es el tiempo para mirar nuestra casa, los amigos que hospedamos, la comunidad que nos rodea, y pensar: ¡qué buena cosa! Dios ha hecho así cuando ha creado el mundo. Y continuamente hace así, porque Dios crea siempre, ¡también en este momento!
Puede suceder que una fiesta llegue en circunstancias difíciles y dolorosas, y se celebra quizá “con un nudo en la garganta”. Y sin embargo, también en estos casos, pedimos a Dios la fuerza de no vaciarla completamente. Ustedes mamás y papás saben bien esto: cuántas veces, por amor a los hijos, son capaces de apartar las penas para dejar que ellos vivan bien la fiesta, ¡gusten el sentido bueno de la vida! ¡Hay tanto amor en esto!
También en el ambiente de trabajo, a veces - ¡sin fallar a los deberes! - nosotros sabemos “filtrar” alguna chispa de fiesta: un cumpleaños, un matrimonio, un nuevo nacimiento, como también una despedida o una nueva llegada…, es importante. Es importante hacer fiesta. Son momentos de familiaridad en el engranaje de la máquina productiva: ¡nos hace bien!
Pero el verdadero tiempo de la fiesta, suspende el trabajo profesional, y es sagrado, porque recuerda que el hombre y la mujer que han sido hechos a imagen de Dios, el cual no es esclavo del trabajo, sino Señor, por lo tanto también nosotros no debemos ser nunca esclavos del trabajo, sino “señores”. Hay un mandamiento para esto, un mandamiento que se aplica a todos, ¡ninguno es excluido! Y en cambio sabemos que hay millones de hombres y mujeres, e incluso ¡niños esclavos del trabajo! En este tiempo existen esclavos ¡Son explotados, esclavos del trabajo y esto es en contra de Dios y en contra de la dignidad de la persona humana! La obsesión por el beneficio económico y el eficientismo de la técnica amenaza los ritmos humanos de la vida, porque la vida tiene sus ritmos humanos.
El tiempo del reposo, sobre todo el dominical, está destinado a nosotros para que podamos gozar de aquello que no se produce y no se consume, no se compra y no se vende. Y por el contrario vemos que la ideología de la ganancia y del consumo quiere devorar también la fiesta: y también ésta a veces se reduce a un “negocio”, un modo para ganar dinero y gastarlo. Pero ¿es para eso que trabajamos? La codicia del consumir, que comporta el desperdicio, es un virus feo que, entre otros, nos hace estar más cansados que antes. Perjudica el verdadero trabajo, consume la vida. Los ritmos desregulados de la fiesta causan víctimas, a menudo jóvenes.
Finalmente, el tiempo de la fiesta es sagrado porque Dios habita en modo especial. La Eucaristía dominical lleva a la fiesta toda la gracia de Jesucristo: su presencia, su amor, su sacrificio, su hacerse comunidad, su estar con nosotros… Y es así, como cada realidad recibe su sentido pleno: el trabajo, la familia, las alegrías y los cansancios de cada día, también el sufrimiento y la muerte; todo se trasfigura por la gracia de Cristo.
La familia está dotada de una competencia extraordinaria para entender, dirigir y sostener el auténtico valor del tiempo de la fiesta. Pero ¡que bellas son las fiestas en familia, son bellísimas! Y en particular del domingo. No es casualidad si las fiestas en las cuales hay lugar para toda la familia ¡son aquellas que salen mejor!
La misma vida familiar, mirada con los ojos de la fe, aparece mejor de los cansancios que implican. Nos aparece como una obra de arte de sencillez, bella porque no es artificial, no fingida, sino capaz de incorporar en sí misma todos los aspectos de la vida verdadera. Nos aparece como una cosa “muy buena”, como Dios dice al final de la creación del hombre y de la mujer (cfr Gen 1, 31). Por lo tanto, la fiesta es un valioso regalo de Dios; un valioso regalo que Dios ha hecho a la familia humana: ¡no la arruinemos! Gracias.

viernes, 26 de junio de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE LAS HERIDAS DE LA FAMILIA - TEXTO COMPLETO -

VATICANO, 24 Jun. 15 - El Papa Francisco dedicó su reflexión de hoy en la audiencia general a las heridas en las familias y su repercusión en el alma de los hijos que los pueden acompañar el resto de su vida.   
A continuación y gracias a Radio Vaticano, el texto completo de la catequesis:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las últimas catequesis hemos hablado de la familia que vive las fragilidades de la condición humana, la pobreza, la enfermedad, la muerte. Hoy, en cambio, reflexionamos sobre las heridas que se abren precisamente en el interior de la convivencia familiar. Es decir, cuando en la misma familia, nos hacemos mal. ¡Es la cosa más fea!
Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan los momentos en los cuales la intimidad de los afectos más queridos es ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras y acciones ¡y omisiones! que en vez de expresar amor, lo quitan o, peor todavía, lo mortifican. Cuando estas heridas, que son todavía remediables se descuidan, se agravan: se transforman en prepotencia, hostilidad, desprecio. Y a este punto pueden transformarse en laceraciones profundas, que dividen a marido y mujer e inducen a buscar en otro lado comprensión, apoyo y consuelo. ¡Pero a menudo estos “apoyos” no piensan en el bien de la familia!
El vaciamiento del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y a menudo la desunión “cae” encima de los hijos.
Los hijos. Quisiera detenerme un poco sobre este punto. No obstante nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada, y todos nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no nos hemos anestesiado también con respecto a las heridas del alma de los niños. Cuanto más se trata de compensar con regalos y dulces, más se pierde el sentido de las heridas – más dolorosas y profundas – del alma. Hablamos mucho de trastornos comportamentales, de salud psíquica, de bienestar del niño, de ansia de los padres y de los hijos. ¿Pero sabemos todavía qué es una herida del alma? ¿Sentimos el peso de la montaña que aplasta el alma del niño, en las familias en las cuales se tratan mal y se hacen mal, hasta romper el vínculo de fidelidad conyugal? ¿Qué peso tiene, en nuestras elecciones –elecciones equivocadas, por ejemplo– qué peso tiene el alma de los niños? Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa sólo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen mal, el alma de los niños sufre mucho, prueba una sensación de desesperación. Y son heridas que dejan una marca para toda la vida.
En la familia, todo está relacionado junto: cuando su alma está herida en algún punto, la infección contagia a todos. Y cuando un hombre y una mujer, que se han comprometido a ser “una sola carne” y a formar una familia, piensan obsesivamente en las propias exigencias de libertad y de gratificación, esta distorsión carcome la vida de los hijos. Tantas veces los niños se esconden para llorar solos… Debemos entender bien todo esto. Marido y mujer son una sola carne. Pero sus criaturas son carne de su carne. Si pensamos a la dureza con la cual Jesús exhorta a los adultos a no escandalizar a los pequeños – hemos escuchado el pasaje del Evangelio  (cfr. Mt 18,6), podemos comprender mejor también su palabra sobre la grave responsabilidad de custodiar el vínculo conyugal que da comienzo a la familia humana (cfr. Mt 19,6-9).
Cuando el hombre y la mujer se transformaron en una sola carne, todas las heridas y todos los abandonos del papá y de la mamá inciden en la carne viva de los hijos.
Por otra parte, es verdad que hay casos en los cuales la separación es inevitable. A veces puede volverse incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil o a los hijos pequeños, a las heridas más graves causadas por la prepotencia y por la violencia, por el desaliento y por la explotación, por la ajenidad y la indiferencia.
No faltan, gracias a Dios, aquellos que sostenidos por la fe y por el amor a los hijos, dan testimonio de su fidelidad a un vínculo en el cual han creído, aunque parezca imposible hacerlo revivir. Pero no todos los separados sienten esta vocación. No todos reconocen, en la soledad, un llamado del Señor dirigido a ellos.
A nuestro alrededor encontramos diversas familias en situaciones así llamadas irregulares – no me gusta esta palabra - y nos hacemos tantas preguntas. ¿Cómo ayudarlas? ¿Cómo acompañarlas? ¿Cómo acompañarlas para que los niños no se vuelvan rehenes del papá o de la mamá?
Pidamos al Señor una fe grande, para mirar la realidad con la mirada de Dios; y una gran caridad, para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso.

jueves, 9 de abril de 2015

LOS NIÑOS NUNCA SON UN ERROR, DICE EL PAPA FRANCISCO

VATICANO, 08 Abr. 15 - “Hermanos y hermanas, piensen bien: ¡con los niños no se juega!”. Así de enérgico se mostró este miércoles por la mañana el Papa Francisco en su catequesis de la Audiencia General, la primera en el tiempo de Pascua. También consideró vergonzoso decir que traer un niño al mundo es un error.
El Papa dedicó el día a hablar de los niños, que son “el fruto más bonito de la bendición que el Creador ha dado al hombre y a la mujer”. Pero si en semanas anteriores explicó el “don” que son, esta vez habló de las “historias de pasión” que viven muchos de ellos.
“Muchos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, despojados de su infancia y de su futuro. Alguno osa decir, casi para justificarse, que ha sido un error hacerle venir al mundo. ¡Esto es vergonzoso! ¡No descarguemos sobre los niños nuestras culpas por favor! Los niños nunca son 'un error'”.
El Pontífice afirmó que a pesar de la pobreza, la fragilidad, el abandono y el hambre que puedan sufrir no son un error, y tampoco por “su ignorancia o su incapacidad: hay muchos niños que no saben qué es un escuela”.
Todo lo contrario, “estos son motivos para amarlos más, con mayor generosidad. ¿Qué hacemos con  las solemnes declaraciones de los derechos del hombre y del niño si después castigamos a los niños por los errores de los adultos?”, se preguntó.
Por tanto, “aquellos que tienen el encargo de gobernar, de educar, diría que todos los adultos, somos responsables de los niños y de hacer cada uno lo que pueda para cambiar esta situación”.
Para el Santo Padre, “cada niño marginado, abandonado, que vive en las calles mendigando” y que se encuentra “sin escuela, sin cuidados médicos, es un grito que llega a Dios y que acusa a nuestro sistema, que lo adultos hemos construido. Y por desgracia estos niños son presa de los delincuentes, que les explotan para indignos tráficos y negocios, o les adiestran para la guerra y la violencia”.
Pero, advirtió Francisco, esto no se da sólo en países pobres, sino que “también en los considerados países ricos muchos niños viven dramas que les marcan de manera profunda a causa de la crisis de la familia, de los vacíos educativos y de las condiciones de vida a veces deshumanas”.
Se trata de “infancias violadas en el cuerpo y en el alma”, pero “¡ninguno de estos niños es olvidado por el Padre que está en los cielos!”, exclamó el Papa añadiendo: “¡Ninguna lágrima se pierde!, como tampoco se pierde nuestra responsabilidad, la responsabilidad social de las personas, de cada uno de nosotros y de los países”.
“Es conmovedora la narración evangélica: Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: ‘Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos’. Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí”, afirmó.
“¡Como querría –dijo el Papa- que esta página se convirtiera en la historia normal de todos los niños! Es verdad que gracias a Dios los niños con graves dificultades encuentran muy a menudo padres extraordinarios, preparados para todo sacrificio y toda generosidad”.
No obstante, “¡estos padres no deben ser dejados solos! Debemos acompañarles en su fatiga, pero también ofrecer sus momentos de alegría compartida y de alegría despreocupada, para que no sean presos sólo de la rutina terapéutica”.
A su vez, el Obispo de Roma pidió no tratar a los niños con “fórmulas de defensa jurídica de oficina”, por ejemplo al decir: “después de todo, somos una organización de beneficencia” o “en lo privado, cada uno es libre de hacer lo que quiera” o también “lo siento, no podemos hacer nada”.
El Papa destacó que “demasiado a menudo sobre los niños recaen los efectos de tener un trabajo precario y mal pagado, de horarios insostenibles, de transportes ineficientes... Pero los niños pagan también el precio de uniones inmaduras y de separaciones irresponsables; son las primeras víctimas”. También “sufren los éxitos de la cultura de los derechos individuales exasperados, y se conviertan después en hijos más precoces”.1
El Pontífice alertó de que “a menudo absorben violencia que no están en grado de 'sobrellevar' y bajo los ojos de los grandes están obligados a acostumbrarse a la degradación”.
Sobre el papel de la Iglesia a este respecto, Francisco recordó que tanto ahora como en el pasado, la Iglesia “pone su maternidad al servicio de los niños y de sus familias”.
La Iglesia “a los padres y los hijos de este mundo les lleva la bendición de Dios, la ternura materna, el firme reproche y la condena decidida. Hermanos y hermanas, piensen bien: ¡Con los niños no se juega!”
“Piensen qué sería de una sociedad que decidiese, de una vez por todas, establecer este principio: 'es verdad que no somos perfectos y que cometemos muchos errores, pero cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será juzgado demasiado costoso o demasiado grande para evitar que un niño piense ser una equivocación, no valer nada y ser abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres”.
“¡Qué bella sería una sociedad así! Yo digo que a esta sociedad se le perdonaría mucho, de sus innumerables errores. Mucho, de verdad”, afirmó.
Finalmente, Francisco señaló que “el Señor juzga nuestra vida escuchando lo que le cuenta los ángeles de los niños, ángeles que 'ven siempre el rostro del Padre que está en los cielos'. Preguntémonos siempre, ¿qué le contarán a Dios, de nosotros, estos ángeles de los niños?”
Durante el saludo en lengua italiana, el Papa dijo a los jóvenes que “sólo el Señor Jesús puede responder completamente a las aspiraciones de felicidad y de bien en vuestra vida”, a los enfermos que “no hay consuelo más bonito en vuestro sufrimiento que el de la certeza en la Resurrección de Cristo”; y a los recién casados les pidió vivir “vuestro matrimonio en concreta adhesión a Cristo y a las enseñanzas del Evangelio”.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PAPA FRANCISCO SOBRE EL SÍNODO DE LA FAMILIA: "NECESITAMOS ORACIONES, NO CHISMES"

VATICANO, 25 Mar. 15- A pesar de la intensa lluvia, miles de personas asistieron a la Audiencia General de este miércoles con el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. Después de semanas de hablar de cada uno de los miembros de la familia, el Pontífice dedicó esta catequesis al próximo Sínodo sobre la Familia e invitó de manera insistente a rezar por él y a evitar los cuchicheos y habladurías.
“La Iglesia, como madre, no abandona nunca a la familia, también cuando se ha envilecido, está herida o de muchas maneras mortificada. Ni siquiera cuando cae en el pecado o si se aleja de la Iglesia; siempre hará de todo para buscar curarla y sanarla, invitarla a conversión y reconciliarla con el Señor”, dijo el Santo Padre.
Después de pronunciar estas palabras, el Santo Padre exclamó: “¡Si esta es la tarea, parece claro de cuánta oración necesita la Iglesia para ser capaz!”.
“Una oración llena de amor por la familia y por la vida. Una oración que sabe regocijarse con los que se gozan y sufrir con los que sufren”, dijo.
También habló brevemente del don de la familia dado que en este día se celebra la Anunciación.
“El 25 de marzo, en efecto, la Iglesia celebra solemnemente la Anunciación, inicio del misterio de la Encarnación. El Arcángel Gabriel visita a una humilde chica de Nazaret y le anuncia que concebirá y dará a luz al Hijo de Dios”.
El Papa explicó que “con este anuncio el Señor ilumina y refuerza la fe de María, como después hará también para su esposo José, para que Jesús pueda nacer en una familia humana”.
Francisco comentó que “esto es muy bello” porque “nos muestra cómo de profundo es el misterio de la Encarnación, así como Dios la ha querido, que no solamente incluye la concepción en el vientre de la madre, sino también la recepción en una verdadera familia”.
Después de rezar un Ave María junto a todos los fieles congregados en la Plaza, el Pontífice explicó que en muchos países se celebra este día la Jornada Por la Vida. “Por esto, hace 20 años, San Juan Pablo II en esta fecha firmó la Encíclica Evangelium Vitae. Para recordar este aniversario hoy están presentes en la plaza muchos miembros del Movimiento por la Vida”.
El Papa explicó que en esta Encíclica la familia ocupa un lugar central, “ya que es el vientre de la vida humana”.
Resaltó que la palabra de San Juan Pablo II “nos recuerda que la pareja humana fue bendecida por Dios desde el principio para formar una comunidad de amor y de vida, a quien se le ha confiado la misión de la procreación”.
En este sentido, “los esposos cristianos, celebrando el sacramento del Matrimonio, se hacen disponibles a honrar  esta bendición, con la gracia de Cristo, para toda la vida. La Iglesia, por su parte, se empeña solemnemente en cuidar de la familia que nace, como don de Dios por su misma vida, en la buena y en la mala suerte: el vínculo entre la Iglesia y la familia es sagrada e inviolable”.
El Papa dijo luego que, junto a sus colaborados, “habíamos pensado proponer hoy renovar la Oración para el Sínodo de los Obispos sobre la familia”.
“Volvemos a lanzar esta tarea hasta el próximo octubre, cuando tendrá lugar la Asamblea Sinodal ordinaria dedicada a la familia. Querría que esta oración, como todo el camino sinodal, sea animada por la compasión del Buen Pastor por su rebaño, especialmente por las personas y familias que por diversos motivos están ‘cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor’”.
Francisco indicó que de esta manera “la Iglesia estará todavía más comprometida y todavía más unida, en el testimonio de la verdad del amor de Dios y de su misericordia con las familias del mundo, ninguna excluida, sea dentro como fuera del redil”.
Poco antes de finalizar la catequesis, el Papa pidió “que no falte vuestra oración” porque tanto “Papa, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, fieles laicos, todos estamos llamados a rezar por el Sínodo”. “¡De esto hay necesidad, no de chismorreos!”, añadió a continuación.
Por último, invitó a rezar también a cuantos se sienten alejados, o que no están habituados a hacerlo: “esta oración por el Sínodo de la familia es por el bien de todos”.
A los peregrinos de la Plaza les habían repartido al entrar una estampa con la oración y el Papa les invitó “a conservarla y a llevarla con vosotros, así en los próximos meses podréis recitarla a menudo, con santa insistencia, como nos ha pedido Jesús”. A continuación, el Pontífice pidió recitarla todos juntos y dio por concluida su catequesis.
En la última parte, la de los saludos, el Papa dirigió uno especial al Movimiento por la Vida y otras asociaciones similares que se encontraban en la Plaza para celebrar la Jornada por la vida.
Como siempre, dirigió un especial saludo a los enfermos. Antes de salir a la plaza con el papamóvil y comenzar la Audiencia, Francisco se detuvo en el Aula Pablo VI para saludar brevemente a los enfermos que siguieron desde allí el encuentro a causa de la lluvia.


Al final también les dirigió unas palabras, junto a jóvenes y recién casados: “En este misterio (de la Anunciación) vemos el diseño con el que Dios nos ha hecho participar de su vida inmortal y también la generosa disponibilidad de María, que ha acogido con fe el anuncio del Ángel. Deseo de todo corazón a vosotros jóvenes, a las personas que sufren y a los esposos noveles aquí presentes, crecer en la generosa disponibilidad hacia el Señor, siguiendo el ejemplo de la Virgen María”.

jueves, 5 de marzo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LOS ANCIANOS

VATICANO, 04 Mar. 15 - El Papa Francisco dedicó su catequesis del martes a reflexionar sobre el papel de los ancianos y alertó sobre el hecho que una sociedad que los descarta porta consigo el virus de la muerte.
A continuación y gracias a Radio Vaticano, el texto completo de la audiencia general:
Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
La catequesis de hoy y la del miércoles próximo están dedicadas a los ancianos que, en el ámbito de la familia, son los abuelos, tíos abuelos. Hoy reflexionamos sobre la problemática condición actual de los ancianos y la próxima vez, es decir el próximo miércoles, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida.
Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha prolongado: ¡pero la sociedad no se ha “prolongado” a la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles lugar a ellos, con justo respeto y concreta consideración por su fragilidad y su dignidad. Mientras somos jóvenes, tenemos la tendencia a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad, una enfermedad que hay que tener lejos; luego cuando nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos, estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada sobre la eficacia, que en consecuencia, ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.
Benedicto XVI, visitando una casa para ancianos, usó palabras claras y proféticas, decía así: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común” (12 de noviembre 2012).
Es verdad, la atención a los ancianos hace la diferencia de una civilización. ¿En una civilización hay atención al anciano? ¿Hay lugar para el anciano? Esta civilización seguirá adelante porque sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos. Una civilización en donde no hay lugar para los ancianos, en la que son descartados porque crean problemas... es una sociedad que lleva consigo el virus de la muerte.
En occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Sin embargo una cierta cultura del provecho insiste en hacer ver a los viejos como un peso, una “lastre”. No sólo no producen sino que son una carga. En fin, ¿cuál es el resultado de pensar así? Hay que descartarlos. ¡Es feo ver a los ancianos descartados, es una cosa fea, es pecado! ¡No nos atrevemos a decirlo abiertamente, pero se hace! Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte. Pero nosotros estamos acostumbrados a descartar a la gente.
Queremos remover nuestro acrecentado miedo a la debilidad y a la vulnerabilidad; pero de este modo aumentamos en los ancianos la angustia de ser mal soportados y abandonados.
Ya en mi ministerio en Buenos Aires toqué con la mano esta realidad con sus problemas: «Los ancianos son abandonados, y no sólo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapacidad de aceptar sus limitaciones que reflejan las nuestras, en los numerosos escollos que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no los deja participar, opinar ni ser referentes según el modelo consumista de “sólo la juventud es aprovechable y puede gozar”.
Esos ancianos que deberían ser, para la sociedad toda, la reserva sapiencial de nuestro pueblo. ¡Los ancianos son la reserva sapiencial de nuestro pueblo! ¡Con qué facilidad, cuando no hay amor, se adormece la conciencia!» (Sólo el amor nos puede salvar, Ciudad del Vaticano 2013, p. 83). Y esto sucede. Recuerdo cuando visitaba las casas de ancianos, hablaba con cada uno de ellos y muchas veces escuché esto: “Ah, ¿cómo está usted? ¿Y sus hijos?  - Bien, bien  - ¿Cuántos tiene? - Muchos.- ¿Y vienen a visitarla? - Sí, sí, siempre. Vienen, vienen.- ¿Y cuándo fue la última vez que vinieron?” Y así la anciana, recuerdo especialmente una que dijo: “Para Navidad”. ¡Y estábamos en agosto! Ocho meses sin ser visitada por sus hijos, ¡Ocho meses abandonada! Esto se llama pecado mortal, ¿se entiende?
Una vez, siendo niño, la abuela nos contó una historia de un abuelo anciano que cuando comía se ensuciaba porque no podía llevarse bien la cuchara a la boca, con la sopa. Y el hijo, es decir, el papá de la familia, tomó la decisión de pasarlo de la mesa común a una pequeña mesita de la cocina, donde no se veía, para que comiera solo. Pocos días después, llegó a casa y encontró a su hijo más pequeño que jugaba con la madera, el martillo y clavos, y hacía algo ahí. Entonces le pregunta: "Pero, ¿qué cosa haces?– Hago una mesa, papá.- ¿Una mesa para qué? - Para cuando tú te vuelvas anciano, así puedes comer ahí”. ¡Los niños tienen más conciencia que nosotros!
En la tradición de la Iglesia hay un bagaje de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Tal tradición está arraigada en la Sagrada Escritura, como lo demuestran, por ejemplo, estas expresiones del libro del Eclesiástico: «No te apartes de la conversación de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres: de ellos aprenderás a ser inteligente y a dar una respuesta en el momento justo» (Ecl 8,9).
La Iglesia no puede y no quiere adecuarse a una mentalidad de intolerancia, y menos aún de indiferencia y desprecio a los mayores. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad.
Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que nos han precedido en nuestras mismas calles, en nuestra misma casa, en nuestra batalla cotidiana por una vida digna. Son hombres y mujeres de quienes hemos recibido mucho. El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente de todos modos, aunque no lo pensemos. Y si nosotros no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.
Frágiles, somos un poco todos los viejos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención de los demás. ¿Haremos por ello un paso atrás? ¿Los abandonaremos a su destino? Una sociedad sin proximidad, en donde la gratuidad y el afecto sin compensación - incluso entre extraños - van desapareciendo, es una sociedad perversa.
La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la cual la proximidad y gratuidad dejaran de ser consideradas indispensables, perdería con ellas su alma. Donde no hay honor para los ancianos, no hay futuro para los jóvenes.

jueves, 8 de mayo de 2014

Papa Francisco: ¡Madres, pidan a Dios el don de aconsejar a sus hijos!

VATICANO, 07 May. 14 - El Papa Francisco presidió este miércoles la Audiencia General desde la Plaza de San Pedro, donde exhortó a las madres a pedir a Dios el don de poder aconsejar a sus hijos ante las dificultades, pues este don del Espíritu “hace que nuestra conciencia sea capaz de hacer una elección concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio”.
El Santo Padre continuó este miércoles su catequesis sobre los dones del Espíritu Santo y recordó que años atrás, cuando confesaba en el Santuario de Nuestra Señora de Luján, en Argentina, se le acercó un joven que ante un grave problema le pidió consejo a su madre, y esta le dijo “anda a ver a la Virgen y Ella te dirá lo que debes hacer”. “¡Esta es una mujer que tenía el don del consejo! (...) Ustedes mamás, que tienen este don, ¡pidan este don para sus hijos! El don de aconsejar a los hijos. Es un don de Dios”, expresó el Papa.
A continuación presentamos el texto completo de la catequesis gracias a la traducción de Radio Vaticana:
Los dones del Espíritu: el Consejo
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hemos escuchado en la lectura aquella parte del libro de los Salmos que dice “el Señor me aconseja, el Señor me habla interiormente”. Y este es otro don del Espíritu Santo: el don del consejo. Sabemos cuánto es importante, sobre todo en los momentos más delicados, el poder contar con las sugerencias de personas sabias y que nos quieren. Ahora, a través del don del consejo, es Dios mismo, con el Espíritu Santo, que ilumina nuestro corazón, para hacernos comprender el modo justo de hablar y de comportarse y el camino a seguir. Pero ¿cómo actúa este don en nosotros?
En el momento en el cual lo recibimos y lo acogemos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza inmediatamente a hacernos sensibles a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, nos lleva siempre más a dirigir la mirada interior sobre Jesús, como modelo de nuestro modo de actuar y de relacionarnos con Dios Padre y con los hermanos.
El consejo, es entonces el don con el cual el Espíritu Santo hace que nuestra conciencia sea capaz de hacer una elección concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio. Y de este modo, el Espíritu nos hace crecer interiormente, nos hace crecer positivamente, nos hace crecer en la comunidad. Y nos ayuda a no caer en posesión del egoísmo y del propio modo de ver las cosas. Así el Espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad.
La condición esencial para conservar este don es la oración. Pero siempre volvemos sobre lo mismo ¿no? La oración. Pero es tan importante la oración, rezar. Rezar las oraciones que todos nosotros sabemos desde niños, pero también rezar con nuestras palabras. Rezar al Señor: Señor ayúdame, aconséjame, ¿qué tengo que hacer ahora?
Y con la oración hacemos lugar para que el Espíritu venga y nos ayude en aquel momento, nos aconseje sobre lo que nosotros debemos hacer. La oración. Jamás olvidar la oración, jamás. Nadie se da cuenta cuando nosotros rezamos en el autobús, en la calle: oramos en silencio, con el corazón. Aprovechemos estos momentos para rezar. Rezar para que el Espíritu nos dé este don del consejo.
En la intimidad con Dios y en la escucha de su Palabra, poco a poco dejamos de lado nuestra lógica personal, dictada la mayor parte de las veces por nuestra cerrazón, por nuestros prejuicios y nuestras ambiciones, y en cambio, aprendamos a preguntar al Señor: ¿cuál es tu deseo? ¡Pedirle consejo al Señor! Y esto lo hacemos con la oración.
De esta manera madura en nosotros una sintonía profunda, casi innata con el Espíritu y comprobamos qué verdaderas son las palabras de Jesús citadas en el Evangelio de Mateo: "No se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes".
Es el Espíritu que nos aconseja. Pero nosotros debemos darle espacio al Espíritu para que nos aconseje, y dar espacio es rezar. Rezar para que Él venga y nos ayude siempre.
Y al igual que todos los otros dones del Espíritu, entonces, el consejo es también un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor nos habla no solamente en la intimidad del corazón, nos habla sí, pero no solamente allí, sino también a través de la voz y el testimonio de los hermanos.
¡Realmente es un gran don poder encontrar hombres y mujeres de fe que, especialmente en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayudan a iluminar nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor!
Yo recuerdo una vez que yo estaba en el confesionario - y había una fila larga adelante - en el Santuario de Luján. Y estaba en la fila un muchacho todo moderno, ¿no? Con aritos, tatuajes, todas las cosas. Y vino para decirme lo que le sucedía a él. Era un problema grande, difícil. ¿Y tú qué harías? Y me dijo esto: yo le he contado todo esto a mi madre y mi madre me dijo: anda a ver a la Virgen y Ella te dirá lo que debes hacer. ¡Esta es una mujer que tenía el don del consejo! No sabía cómo salir del problema del hijo, pero le ha indicado el camino justo: “anda a ver a la Virgen y Ella te dirá”.
Este es el don del consejo, dejar que el Espíritu hable. Y esta mujer humilde y simple, ha dado al hijo el más verdadero consejo, el más verdadero consejo. Porque este joven me dijo: “yo he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto. Yo no tuve que hablar. Lo hicieron todo la madre, la Virgen y el muchacho. ¡Éste es el don del consejo! Ustedes mamás, que tienen este don, ¡pidan este don para sus hijos! El don de aconsejar a los hijos. Es un don de Dios.
Queridos amigos, el Salmo 16 nos invita a orar con estas palabras: "Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia! Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré". Que el Espíritu siempre pueda infundir en nuestro corazón esta certeza y nos llene así con su consuelo y su paz! Pidan siempre el don del consejo. ¡Gracias!

martes, 14 de mayo de 2013

ACCIÓN DE GRACIAS - SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


 
Hoy te bendecimos, Padre, porque todos hemos sido bautizados
En Cristo y en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo,
En el que la diversidad de sus miembros no rompa la unidad. 
Gracias, Señor, por la riqueza de carismas en tu Iglesia
Mediante las diversas vocaciones al seguimiento de Cristo:
En la vida apostólica, la teología, la catequesis, la enseñanza,
La educación de niños y jóvenes, la atención a los marginados,
La asistencia a los pobres, enfermos y ancianos abandonados.
En todos ellos se manifiesta tu Espíritu para el bien común. 
¡Oh Espíritu divino, repuebla la faz de la tierra y  renueva
Entre nosotros los prodigios de un nuevo Pentecostés!

Amén.

(Tomado de B. Caballero: La Palabra de cada domingo, San Pablo, España, 1995, p. 495)