Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes
Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.
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jueves, 26 de diciembre de 2013

SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

PRIMERA LECTURA


El que teme al Señor honra a sus padres
Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas.
La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.
Palabra de Dios.


Salmo responsorial Sal 127, 1-2. 3. 4-5 (R.: cf. 1) 
R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R.
 
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R.



SEGUNDA LECTURA 

La vida de familia vivida en el Señor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21
Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.
Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
Palabra de Dios.


Aleluya Col 3, 15a. l6a
Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; la palabra de Cristo
habite entre vosotros en toda su riqueza. 

EVANGELIO
Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23
Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. » José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel.
Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.
Palabra del Señor.

lunes, 24 de junio de 2013

UN CORAZÓN EN BÚSQUEDA DEL VERDADERO TESORO

«El amor, la caridad, el servicio, la paciencia, la bondad, la ternura» son los «bellísimos tesoros» de los que habló el Papa Francisco el viernes 21 de junio, por la mañana, durante la misa en la capilla de la Domus Sanctae Marthae. 
Como es habitual, el Pontífice centró su reflexión en las lecturas del día, individuando, en especial, el pasaje del evangelio de Mateo (6, 19-23), un «hilo conductor» entre los términos «tesoro, corazón y luz», y deseando que «el Señor nos cambie el corazón para buscar el verdadero tesoro y llegar a ser así personas luminosas y no de las tinieblas».
 La primera cosa que se debe hacer —explicó el Santo Padre— es preguntarse: «¿Cuál es mi tesoro?». Ciertamente no pueden serlo las riquezas, dado que el Señor dice: «No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra, porque al final se pierden». Por lo demás —subrayó el Papa—, son «tesoros riesgosos, que se pierden»;  y son también «tesoros que debemos dejar, no los podemos llevar con nosotros. Nunca vi un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre», comentó. Entonces, ¿cuál es el tesoro que podemos llevar con nosotros al final de nuestra vida terrena? —se preguntó—. La respuesta es sencilla: «Puedes llevar lo que has dado, sólo eso. Pero lo que has guardado para ti, no se puede llevar». Son cosas que pueden robar los ladrones, o bien cosas que se arruinan o que se las llevan los herederos. Mientras que «ese tesoro que hemos dado a los demás» durante la vida lo llevaremos con nosotros después de la muerte, «y ese será “nuestro mérito”»; o mejor —puntualizó—, «el mérito de Jesucristo en nosotros». Además, porque es la única cosa «que el Señor nos permite llevar». Lo dijo claramente Jesús mismo a los doctores de la ley que presumían de la belleza del templo de Jerusalén: «No quedará piedra sobre piedra». Esto es válido también «con nuestros tesoros, los que dependen de las riquezas, del poder humano».
 Pero Jesús —destacó el Santo Padre— no se limita a la crítica; da un paso hacia adelante y agrega: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón». Es necesario considerar que «el Señor nos hizo para buscarle, para encontrarle, para crecer. Pero si nuestro tesoro no está cerca del Señor, no viene del Señor, nuestro corazón se inquieta». ¿Un ejemplo? «Mucha gente, incluso nosotros, estamos inquietos —dijo el Pontífice— por tener o lograr algo. Y al final nuestro corazón se cansa, se hace perezoso, se convierte en un corazón sin amor». Es lo que el Papa definió con una imagen eficaz: «el cansancio del corazón. Pensemos: ¿qué tengo yo? ¿Un corazón cansado, que sólo quiere acomodarse con tres o cuatro cosas, con una buena cuenta en el banco? ¿O tengo un corazón inquieto, que busca cada vez más las cosas del Señor?». De aquí la invitación a «cuidar siempre» esta inquietud del corazón. Porque solos no podemos mucho; debe ser el Señor quien nos ayude, Él que prometió: «Haré de vuestro corazón de piedra un corazón de carne, un corazón humano». Al ser una promesa del Señor, podemos pedir la gracia: «Señor cambia mi corazón». Por otra parte, el «Señor no puede hacer nada —puso en guardia el Papa Francisco— si mi corazón está apegado a un tesoro de la tierra, a un tesoro egoísta, a un tesoro del odio», uno de esos tesoros de los que «proceden las guerras».
 La última parte de la reflexión de Jesús remite a la expresión: «la lámpara del cuerpo es el ojo», o sea «el ojo es la intención del corazón». En consecuencia, para el Pontífice, «si tu ojo es sencillo, si viene de un corazón que ama, de un corazón que busca al Señor, de un corazón humilde, todo tu cuerpo será luminoso. Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo será tenebroso».
 Al respecto, el Santo Padre pidió a los presentes que se pregunten cómo es nuestro juicio sobre las cosas: «¿Luminoso o tenebroso? ¿Somos personas de luz o de tinieblas? Lo importante es cómo juzgamos las cosas: ¿con la luz que viene del verdadero tesoro a nuestro corazón? ¿O con las tinieblas de un corazón de piedra?». Una respuesta puede venir del testimonio de san Luis Gonzaga, el joven jesuita cuya memoria litúrgica se celebra hoy. «Podemos pedir la gracia de un corazón nuevo —invitó el Papa— a este valeroso muchacho», que nunca se arredró «en el servicio a los demás», hasta el punto de dar la vida por atender a los enfermos. He aquí, entonces, la exhortación del Santo Padre a pedir en la oración que «el Señor cambie el corazón. Que todos estos trozos de corazón que son de piedra el Señor los haga humanos, con esa buenas ganas de seguir adelante buscándolo a Él y dejándose buscar por Él». Porque —concluyó— sólo el Señor puede salvar «de los tesoros que no pueden ayudarnos en el encuentro con Él, en el servicio a los demás».