Todos los domingos por la mañana, Eucaristía con los jóvenes

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Altar. Capilla Ntra Sra. del Rosario.
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jueves, 17 de diciembre de 2015

PAPA FRANCISCO PROPONE "PROGRAMA DE VIDA" PARA ALCANZAR A DIOS SIN CANSANCIO

VATICANO, 16 Dic. 15 - El Papa Francisco explicó esta mañana en el Vaticano que la salvación es gratuita, al igual que el perdón y la misericordia y dedicó por segunda vez la Audiencia General de este miércoles a hablar del Jubileo de la Misericordia, que inició el pasado 8 de diciembre. También habló del sacramento de la confesión y aseguró que es un signo importante del Año Santo.
“Amar y perdonar como Dios ama y perdona” es “un programa de vida que no puede conocer interrupciones o excepciones, pero sí nos empuja a avanzar siempre sin cansarnos, con la certeza de ser sostenidos por la presencia paterna de Dios”, afirmó.
El Papa señaló además que “la misericordia y el perdón no deben quedarse solo en palabras bonitas, sino realizarse en la vida cotidiana”.
“Amar y perdonar son el signo concreto y visible de que la fe ha transformado nuestros corazones y nos permite expresar en nosotros la misma vida de Dios”.
El Obispo de Roma recordó que a la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, se ha unido “una Puerta de la Misericordia en la catedral de cada diócesis del mundo, también en los santuarios y en las iglesias que los obispos han dicho”, por tanto “el Jubileo es en todo el mundo, no solo en Roma”.
“He querido que este signo de la Puerta Santa estuviera presente en cada Iglesia particular, para que el Jubileo de la Misericordia pueda ser una experiencia de cada persona”.
Francisco recordó que el Año Santo comenzó el pasado 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción. Una fecha que “ha querido subrayar esta exigencia, uniendo, con 50 años de distancia, el inicio del Jubileo con la conclusión del Concilio Vaticano II”.
El Papa explicó que “extendida en todo el mundo y articulada en muchas Iglesias particulares, es siempre la única Iglesia que Jesucristo ha querido y por la cual se ha ofrecido a Sí mismo”. “La Iglesia ‘una’ que vive de la comunión misma de Dios”, agregó.
“Este misterio de comunión, que hace a la Iglesia signo del amor del Padre, crece y madura en nuestro corazón, cuando el amor, que reconocemos en la Cruz de Cristo en la cual nosotros emergemos, nos hace amar como nosotros mismos somos amados por Él”. Es “un Amor sin fin que tiene el rostro del perdón y de la misericordia”.
Según el Papa, “atravesar la Puerta Santa es el signo de nuestra confianza en el Señor Jesús que no ha venido para juzgar sino para salvar”.
Pero lanzó también una advertencia contra algunas prácticas ilegales que se podrían realizar para ganar dinero con motivo del Jubileo, como exigir un dinero para que los peregrinos atraviesen la Puerta Santa. “Estén atentos, que no haya alguno un poco astuto que les diga que se debe pagar, ¡la salvación no se compra! ¡La puerta y Jesús son gratis!”.
“Es el signo de una verdadera conversión de nuestro corazón. Cuando atravesamos esa Puerta está bien recordar que debemos tener abierta la puerta de nuestro corazón. Estoy delante de la Puerta Santa y le pido al Señor que me ayude a abrir la puerta de mi corazón”, aconsejó.
En este sentido, también explicó que “no tendría mucha eficacia el Año Santo si la puerta de nuestro corazón no dejara pasar a Cristo que nos empuja a ir hacia los otros, para llevarles a Él y a su amor”.
“Como la Puerta Santa permanece abierta, porque es el signo de la acogida que Dios mismo nos reserva, así también que nuestra puerta esté siempre abierta para no excluir a ninguno, ni siquiera a aquel o aquella que me molesta”.
Otro signo importante para el Jubileo es la confesión, dijo Francisco. “Apoyarse en el Sacramento con el cual somos reconciliados con Dios equivale a hacer experiencia directa de su misericordia”. “Dios comprende nuestros límites y contradicciones”, y además, “con su amor nos dice que cuando reconocemos nuestros pecados está todavía más cercano y nos anima a mirar hacia adelante”. “¡Cuando reconocemos nuestros pecados hay fiesta en el cielo!”, exclamó.
El Santo Padre reconoció que “perdonar no es fácil” porque “nuestro corazón es pobre y solo con sus fuerzas no lo podemos hacer”. Pero “si nos abrimos a la acogida de la misericordia de Dios para nosotros, a la vez seremos capaces de perdonar”.
A continuación, el Papa contó una anécdota: “Muchas veces he escuchado decir: ‘A esa persona no la podía ver, la odiaba. Pero un día me acerqué al Señor, le pedí perdón por mis pecados y entonces también yo perdoné a esa persona'. Son cosas de todos los días y tenemos cerca esta posibilidad”.
El Papa animó al final a los fieles y pidió vivir el Jubileo con estos signos que “conllevan una gran fuerza de amor”.

jueves, 9 de mayo de 2013

BENDITA VERGÜENZA



El confesionario no es una «tintorería» que quita las manchas de los pecados, ni una «sesión de tortura» donde se dan bastonazos. La confesión es, en efecto, el encuentro con Jesús, y donde se experimenta su ternura. Pero es necesario acercarse al sacramento sin maquillajes o medias verdades, con mansedumbre y con alegría, confiados y armados de esa «bendita vergüenza», la «virtud del humilde» que nos hace reconocer pecadores. El Papa Francisco dedicó a la reconciliación la homilía de la misa celebrada el lunes 29 de abril, por la mañana, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae.
El Papa inició la homilía con una reflexión sobre la primera Carta de san Juan (1, 5-2,2), donde el apóstol «habla a los primeros cristianos y lo hace con sencillez: “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna”. Pero “si decimos que estamos en comunión con Él”, amigos del Señor, “y caminamos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad”. Y a Dios es necesario adorarlo en espíritu y en verdad».
«¿Qué significa —se preguntó el Papa— caminar en las tinieblas? Porque todos nosotros contamos con la oscuridad en nuestra vida, incluso con momentos donde todo, incluso la propia conciencia, está a oscuras, ¿no? Caminar en las tinieblas significa estar satisfecho de sí mismo, estar convencido de no tener necesidad de salvación. ¡Esas son las tinieblas!». Y, prosiguió, «cuando uno sigue adelante por este camino de las tinieblas, no es fácil dar un paso hacia atrás. Por eso san Juan continúa, tal vez este modo de pensar lo hizo reflexionar: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros”. Mirad vuestros pecados, nuestros pecados: todos somos pecadores, todos. Este es el punto de partida».
«Pero si confesamos nuestros pecados —explicó el Pontífice— Él es fiel, es justo, tanto que perdona nuestros pecados y nos purifica de toda iniquidad. Es el Señor bueno, fiel y justo que nos perdona. Cuando el Señor nos perdona hace justicia. Sí, hace justicia primero a sí mismo, porque Él ha venido para salvar y cuando nos perdona hace justicia a sí mismo. “Soy tu salvador”, y nos acoge». Lo hace con el espíritu del Salmo 102: «“Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que le temen”, hacia los que van a Él. La ternura del Señor nos comprende siempre, pero incluso no nos deja hablar: Él lo sabe todo. “Estad tranquilo, puedes ir en paz”, esa paz que sólo Él da».
Es lo que «sucede en el sacramento de la Reconciliación. Muchas veces —dijo el Santo Padre— pensamos que ir a confesarnos es como ir a la tintorería. Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería». La confesión es «un encuentro con Jesús que nos espera como somos. “Pero, Señor, oye, soy así”. Nos da vergüenza decir la verdad: hice esto, pensé esto. Pero la vergüenza es una auténtica virtud cristiana y también humana. La capacidad de avergonzarse: no sé si en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a quienes no pueden avergonzarse, les dicen “sinvergüenza”. Esto es “un sin vergüenza”, porque no tiene la capacidad de avergonzarse. Y avergonzarse es una virtud del humilde».
El Papa Francisco retomó el pasaje de la carta de san Juan. Son palabras, dijo, que invitan a tener confianza: «El Paráclito está a nuestro lado y nos sostiene ante el Padre. Él sostiene nuestra débil vida, nuestro pecado. Nos perdona. Él es precisamente nuestro defensor, porque nos sostiene. Entonces, ¿cómo debemos ir al Señor, así, con nuestra verdad de pecadores? Con confianza, también con alegría, sin maquillarnos. Nunca debemos maquillarnos delante de Dios. Con la verdad. ¿Con vergüenza? Bendita vergüenza, esta es una virtud».
Jesús nos espera a cada uno de nosotros, reafirmó citando el Evangelio de Mateo (11,  25-30): «“Venid a mí, vosotros que estáis cansados y agobiados”, incluso por el pecado, “y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Esta es la virtud que Jesús nos pide: la humildad y la mansedumbre».
«Humildad y mansedumbre —prosiguió— son como el marco de una vida cristiana. Un cristiano va siempre así, con humildad y con mansedumbre. Y Jesús nos espera para perdonarnos. Podemos hacerle una pregunta: ir a confesarse, ¿no es entonces ir a una sesión de tortura? ¡No! Es ir a alabar a Dios, porque yo pecador he sido salvado por Él. ¿Y Él me espera para apalearme? No, me espera con ternura para perdonarme. ¿Y si mañana hago lo mismo? Vas otra vez, y vas, y vas, y vas. Él siempre nos espera. Esta ternura del Señor, esta humildad, esta mansedumbre».
El Papa, por último, invitó a tener confianza en las palabras del apóstol Juan: «Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre». Y concluyó: «esto nos alivia. Es hermoso, ¿eh? ¿Y si sentimos vergüenza? Bendita vergüenza, porque es una virtud. El Señor nos da esta gracia, esta valentía para ir siempre a Él con la verdad, porque la verdad es luz. Y no con las tinieblas de las medias verdades o de las mentiras ante Dios».